Zoé Palacio Parra (2001)

VI

 

Me han robado la ternura, los grandes actos de amor, ya no me queda romanticismo; y ahora registro todo en imágenes impregnadas, bordadas en las uñas.

Cuando intento explicarte sólo surgen aullidos de euforia, lenguas desgarradas de mencionarte y cantar ABBA. Mis manos, como siempre, intentan descansar tranquilas a mis costados, y sólo puedo sentir cómo las articulaciones se estremecen de agonía por no sostenerte, por no colarme en tus venas y dejarme contener en tu sangre.

Deseo constantemente hundirme en tus sábanas, perderme en las telas exóticas de tus palabras y desarmarme en tu almohada, cayendo en picada por la cercanía de tus ojos.

Cada vez más seguido me encuentro rezando por un cigarrillo, y me vuelvo a preguntar si la adicción a la nicotina se transmite por tu lengua, sabiendo que en realidad lo único que saciaría la abstinencia es tu piel húmeda.

Tus ecos me saben a cataratas, capaces de causarme los incendios que me despertaron del eterno cerrar de las persianas, para abrirse y dejar entrar el sonido del viento.

Ya no puedo hablar, no puedo hacer, no puedo pensar y me quiero destruida en todos los rincones de tus susurros, cansada del silencio de no verte las pestañas.

Ya no puedo parar de hablar, de hacer, de pensar y me quiero porosa en tus huecos, cansada de la inevitable sensación de no sentir tu aliento.

Si tus labios no me abrazan me desarmo, si tus brazos no me besan me desarticulo, y prefiero habitar desparramada antes que no descansar más en tu respiración.

 

XII

 


Reflexionando sobre el deseo, pensé en la infancia y el pecho se me llenó de humo, el dolor de saberme perdida, de saber perdido el deseo, y éste, durmiendo en algún libro de fantasía de la niñez, abandonado bajo el diluvio que no me dejó acercarme nunca más a la carcajada. El viento se lo ha comido, y sólo escucho el brillo de una sonrisa con rulos pegados, el frío pegándome en la cara, casi levitando, como si corriera o estuviese balanceándome en una hamaca. El alivio de la sensación de vacío en la panza. Alzaba la mano, la sacaba por la ventanilla, y ésta, sabiéndose inútil, iniciaba la carrera. No sé si se trataba realmente de una carrera o era más una competencia de resistencia, pero planeaba y volaba y parecía que se perdía, desprendiéndose de mí para ser un avión independiente. Al comienzo era torpe, intentaba empujar el viento, pelearle, pero después se unían en una danza enamorada, un entrelazar de dedos y palmas que se sentía infinito. "No saques la mano por la ventana, hija, subí que entra mucho viento".

Saboreaba el último soplo helado en las yemas de los dedos, como si pudiera mantener el aire entre el pulgar y el índice, una bolita de fuerza, la sostenía y me la guardaba en el bolsillo mientras subía la ventana. Me acomodaba los rulos, los bajaba un poco y aspiraba por última vez, para dormir para siempre bien sentada, bien peinada, calentita.


XVIII

 

Estoy seguro de que tengo algo metido en el ojo. Por más que meto el dedo, no encuentro nada y me pregunto si realmente hay algo para encontrar. Se infla y está rojo, seco. Me escapo de la facultad porque la concentración es insostenible, y cuando voy en el colectivo siento las burbujas atrapadas resonando como gelatina. Me toco, y la mano ya está cansada de agarrar el pasamanos en el intento de no caerme, con los dedos expertos después de comer galletas de frutilla, brillosos ya de tantas relamidas. Sigo sin encontrar nada. Llego a casa, busco las llaves en todos los bolsillos de la mochila y finalmente la encuentro dentro de la cartuchera. Cuando la saco se cae al piso, inconsciente de mi desesperación. La levanto y la pongo en la cerradura. Tomo un pequeño impulso para darle las vueltas necesarias, pero sólo necesita media: ella ya está en casa. Entro desesperado, dejo todo en el sillón, voy al baño, me lavo las manos y me pongo frente al espejo. La linterna del celular me aclara las venas, tangos casi apagados, y el dedo, corroído desde ayer de tanto lavar las zapatillas, se descama. Y pienso que capaz es eso, escamas de piel, y por eso tantas burbujas sin agua. Meto el ojo en la ducha, a ver si se humedecen y salen. Pero nada. Pretendo que ella me ayude. Me abre el ojo, nunca con esmero, y me jura que no ve nada, que no hay nada. Y yo veo puntos negros, en el horizonte, entre el blanco y la sangre, y ahora sé que son hormigas o migas u hormigas comiendo migas y por eso las burbujas, y siguen caminando y me muerden. Ella no ve nada, y me duermo, y en realidad no puedo, y no aguanto y tal vez las puedo ahogar de nuevo, en el agua, con el veneno, o en la ducha.

  

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