Lucila Salomé Moreno - Victoria y la primera tormenta del año

 

Toda esta devoción por las palabras no es más que una elección macerada en el calor de un par de manos manchadas de sangre: a nadie le gusta andar por la ciudad con los pies mojados. El viento huele a lluvia, y su aliento enajena los árboles en un baile de direcciones subversivas. En los edificios la tierra se eleva hasta volver los balcones un sustantivo difuso en la distancia; fina y áspera sabana que se extiende sobre los techos y deja partes de sí misma bajo las rendijas de puertas y ventanas. Todo indica la inminente llegada de copiosas flechas heladas, y el suelo abre sus brazos porque no recuerda cuándo fue la última vez que San Miguel realmente lloró. Hay una brevedad tierna en la caída, mas no es constante, y en la marcha de los pasos su despliegue conquista todos los rincones de todas las calles. Son apenas las seis de la tarde, y el cielo declara el fin de las horas. Es un día de oportunidades: hoy la capital se muere. Los testimonios sobre su piel se deshacen en el canto rítmico de las lágrimas que las alcantarillas tragan, y la fantasía del comienzo se vuelve carne en las grietas oscuras del asfalto. Se respira limpieza en el aire empapado.

No quiero creer en la ausencia que corrompe las terrazas, pero ella siempre ha tenido una manera tan espléndida de prometerme cosas; los límites se vuelven firmes y escasos, y cierro los ojos bajo la polución del cielo emblanquecido. Felicidad es la vil distracción de los desocupados, entonces aprieto entre mis dedos la ceguera de las habitaciones porque hace mucho tiempo que las luces se apagaron, y finalmente entiendo que mi madre me trajo a este mundo para morir. Aun así, nunca resentí lo perdido, sino lo que me queda por perder. Victoria, esta cobardía es inherente al sol; y ya son vientres mis años de piel tostada y sed que no se sacia. No puedo creer que la carne siempre se llene de gusanos, tiene que haber otro camino. En el espacio alborotado que el viento crea debería haber un sesgo de aquel todo que todo el tiempo pasa. Mi estómago con fe imbécil abre la boca y otra vez canta: la abeja laboriosa no tiene tiempo para la tristeza. Hay que arriar las velas. Hay que aguantar.

El mundo sabe tanto de sutilezas como el hilo sabe de la aguja, y si hoy termina será con un suspiro. Pienso que así todo es posible bajo la lluvia, y estiro mi mano hacia el espacio; le permito a las nubes arrancarme los relojes. No tengo pasado, y no me queda presente, sino una futura humedad que exige a la gaviota su acto más sublime: poner a otra por delante de sí misma.

Victoria, solo quiero ser la fuente que rebosa, y no la cisterna que contiene.

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