Julieta Corrales (1998)
Sin pecado concebida
Hablé con mis madres que, entre susurros, me dijeron:
"Quisiera morir. Y por morir me refiero a ser tocada por manos ásperas, a ser envuelta en círculos, a ser pensada desde afuera, a ser callada en pascuas.
Quisiera destruirme. La destrucción sería desear a una gran bestia con cola mota y patas flaquísimas.
Me gustaría explotar, como explotan las flores petulantes, sabiéndose bellas y entregadas.
Quisiera un camino pedregoso, roto. Habría que calzarse un buen par de botas para no sentir la tierra metiéndose en las medias. Botas con la suela fina, porque no hay piedras posibles sino aquellas que se incrustan y nos hacen sangrar.
Me gustaría el cielo turbio. Distinguir el día de la noche es un truco que yo aprendería. Me dedicaría a llenar una olla hasta que rebalsara y el fondo fuera inalcanzable. Haría anochecer.

Pero no logro mirarme. Tengo un agujero dispuesto de punta a punta, que crece dentro de plazas abandonadas y de canteros con malezas. Brota una luz seca y desgraciada. Los años pasan y yo vivo, vivo, vivo. La sabiduría me ha vuelto mansa. Y los sabios sólo existen".
Hablo con una madre. Al caer de su grito, se escucha el mismo verso. La madre está dispuesta como un cordero en cuatro estacas. No le otorgan sacrificio alguno. La tristeza invade el paisaje porque no hay alguien allí que escriba una oración en su nombre. Queda atrapada en la bendición del buen pastor. Los fariseos la han incluido en sus mandamientos. No matará, pero cantará para purificar el alma. El sollozo marca la más alta de las decepciones y acontece el peor martirio: la madre nace bendita, una y otra vez.
Atenuado
Estamos en la palabra como dos gatos que se acurrucan y gruñen. Surge algo ahí que no está en ningún tiempo contado, cronometrado. Surge otro tiempo. El tiempo del sabor de las cerezas, de la danza de una lechuga por la huerta, de la inmensidad de una noche eternizada. La gente siempre habla, siempre grita y dispara letras como si fueran armas de guerra. Ay, ¡cómo se jactan de hacerse dueños de lugares con la lengua! Y aquí es otrísima cosa. Algo pasa que comienza en tu boca y termina en la punta de mis dedos. No se puede decir sin atravesar el cuerpo. O mejor aún: no existe nuestro decir si no se hace un trabajo de orfebre. Apenas un borde que delimita un principio y un final. También un entre-medio-del-lenguaje. Y cuando digo lenguaje digo habitación. Veo un lazo algo borroso que toma la forma del movimiento que hacen tus manos al intentar encontrar la palabra más injusta y sensata. Habitas en eso que elucubrás. Y no creo que me dejes ajena a toda tu trama. Me recuesto en el tejido que armas, tomo las agujas y sigo tejiéndote. De repente sos un cardigan largo que se arrastra por el piso y se llena de pelusas. Vas pausado para no enganchar las puntadas, para dejarme que te use de abrigo. En ese momento te siento como un sobretodo. Y la noche ya no es fría, y el hombre distante ya no es frío, y el escalofrío ya no es frío. Desde allí se cuece algo puro, pulposo, opulento. Pero todo lo que quede dentro dejará de vivir en cuanto te levantes de esta silla y me lleves nuevamente a la vida transcurrida, drenada. Todo lo que pasa, quedará estancado entre estos pedazos de madera (de sauce llorón, por supuesto). La voz cambiará, la risa será otra, el chiste encontrará una nueva salida. El mundo virará hacia un ritmo usurero, como siempre. Acabamos de asesinar cualquier posibilidad de devenir concreto.
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