María José Carranza - Poemas

Desvivo

Soy el peón de una malasuerte

la goma de borrar de un lápiz sin trazo

la rejilla amarilla de la cocina del bar sin comensales de la esquina.

 

No logro alzar la voz

no me dejan

entre los ecos tampoco hay espacio,

ni tiempo.

 

Es así que viviendo no me hallo,

no me encuentro,

ni me busco ya.

 

Entrego las horas, que dicen, debo

a la buena vida, que dicen, tengo.

Por mi joven edad

me creen bendito por no saber,

por no aquejar,

por no haber sentido nada serio aún.

 

Y de eso sí que saben.

De que soy falto de vivir.

De que me desvivo.





Ferviente Devota

Soy demasiado permisiva conmigo.

Enciendo sofocados amores incendiarios,

esperanzada por reanimar con frenesí aquello que ya se ahogó en él.

 

Ni mis más cercanos me hacen saber que estoy afiebrada.

No me tocan la frente para asegurarse tampoco.

Con mis carnavales memoriosos y mis poemas recitados los hago a un lado

para errar sin culpa, sin reproche.

 

Culpo a mi venus por soñar involuntariamente.

Pero la vida no se yergue sin antes haberse torcido,

ni el corazón se templa sin bordarse con gaza y desinfectante primero.

Y a la ternura (mal llamada laxa)

le debo agradecer por sostener lejos la falta de clemencia

por no dejar que la dureza trepe en las caídas ni en los declives

y por quedarse indiferente cuando la asimilan con la debilidad del alma.

Hilando con paciencia y sin escatimar la ternura arrasa el corazón.

Heroína de las piedades perdidas. Es la blandura que te promete la vida, que te la salva también.


Fiel intérprete en los escenarios,

los malos shows y los abucheos sabidos no me aterran, mas sí lo hace no haber cantado.

Las realidades bellas se alzaron por cantos desafinados también.

Cubierta de buena fortuna o de malas rachas,

me refugio en mi ánimo de ensueño y en la ilusión de un amor que lejos de desplomarse sobre el vacío levite sobre él, volcando desenfrenado los límites de lo posible,

con no más justificación científica que el latir incesante y real de un corazón desplegado del eje de lo racional, de lo esperado.

 

Bendigo el día en que mis creencias juraron desafiar cada tenue resto del sentir.

Insistiendo como firme discípula del querer

siendo devota no de los amores que brillan, sino de los que se iluminaron alguna vez.

Porque no hay evidencia más palpable del existir que el haberle dado batalla a la realidad en nombre del amor,

con la esperanza de convertirla en anhelos de despierto;                                   

con la esperanza de enternecerla.

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